Sí, parece obvio, pero no es tan así. Lo que se suele escuchar es que trabajamos para vivir. Es decir, que el trabajo es lo que hacemos por obligación para poder construir una vida plena y satisfactoria. Sin embargo, no es posible ni aconsejable separar el trabajo de la vida. En O Trabalho como Vida (El trabajo como vida), Dietmar Kamper analiza la relación dañina que generamos al alejar el trabajo del ocio, del juego, del culto, de la vida. Creemos que el trabajo se extiende como la mala hierba y se apodera de la vida. Todos están tremendamente ocupados con el trabajo y, en consecuencia, no viven. Según Kamper, el trabajo tiende a ser desmedido y la vida tiende a quedar desamparada.
La misma sociedad que puso el trabajo en un pedestal, que lo valoró como aquello que da sentido a la vida, ahora lo detesta y lo reprime, al mismo tiempo que no consigue abandonarlo ni incorporarlo a la vida. Pero el trabajo está presente en todas sus esferas, en el ocio y en el amor. La vida también puede ser dura y el trabajo también puede ser placentero. Somos lo que creamos, somos el resultado de nuestro trabajo, el Frankenstein que generamos y las consecuencias de traerlo al mundo. El trabajo que hacemos no tiene por qué entenderse como aquello que dignifica la vida, sino como una de las variables que le dan sentido, una variable que también trae consigo una carga. Tenemos que aprender a medir ese trabajo sin disociarlo de la vida. Hablamos tanto de “no llevarse trabajo a casa” o de “separar la vida profesional de la personal”, pero ¿es eso posible? No existe un botón de encendido y apagado, una palanca que cambie de un modo de vivir a otro. Todos están interconectados en nuestro plano emocional. Imaginamos que la vida debería ser más acelerada, más rápida, para poder rendir más. El ocio y el tiempo libre son formas de interrumpir ese ritmo acelerado del trabajo; ofrecen resistencia frente al tiempo.
Ya hemos hecho experimentos de una vida en la que el trabajo también puede funcionar a un ritmo flexible, es decir, en la que las personas pueden llegar a trabajar en horarios distintos, trabajar efectivamente durante más tiempo y salir más temprano. Ya hay empresas que estimulan a sus empleados a ejercer su oficio con propósito y que impulsan sus capacidades de expresión personal. Y esto ha funcionado de alguna forma, aunque todavía está en construcción. Tal vez sea la esperanza de un camino hacia vidas llenas de trabajo y, aun así, más saludables. Sentir orgullo por el trabajo que se hace, tener ganas de perfeccionarse siempre y ser reconocido por ello, hacer las tareas a tu propio ritmo y con calidad, es más que tener un buen día de trabajo: es reunir energía para las relaciones personales, para el ocio, para la salud, para la vida. “Ya hoy las personas se avergüenzan del ocio y, cuando se dedican a un largo período de reflexión y contemplación, ya tienen la conciencia sucia. Pensamos con el reloj en la mano, y almorzamos con el reloj en la mano, mirando la sección de economía y el informe de la bolsa en el periódico; amamos como personas que podrían perderse algo. Es mejor hacer algo que no hacer nada”. La gaya ciencia es de 1882, y Nietszche ya preveía un futuro de más de cien años. Disociar el trabajo de la vida deja de ser saludable cuando creemos que uno es mejor que el otro, que uno solo existe como obligación para el otro. Trabajamos para cosechar los frutos de nuestro trabajo. Pero ¿y si la hora de la cosecha llega demasiado tarde? ¿Habremos vivido?
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