En el mundo en que vivimos hoy, con la crisis actual, el molde del capitalismo y unas relaciones de consumo cada vez más intensas, ya no tiene sentido dar más de lo que se recibirá a cambio. Y eso es una pena. La mayoría de las relaciones más fuertes que construimos a lo largo de la vida se basan en dar. No, no hablo de dinero; hablo de un intercambio sin cobro inmediato, de entregarse, de hacer más de lo que se nos pide. Lo hacemos por nuestros padres, nuestras parejas, nuestros hijos, nuestros amigos. Lo hacemos para caer bien, para impresionar, por voluntad propia y, a veces, porque vemos una necesidad en el otro. Sin embargo, en el entorno laboral se hace poco en ese sentido. La mayoría de las veces, nuestro trabajo no se considera parte de nuestra vida; se ve solo como el paréntesis en el que nos ganamos el pan. No es casualidad que se hable tanto de la impulsividad de las generaciones Y y Z, de la inestabilidad financiera, de la necesidad constante de cambio y de la falta de compromiso con el trabajo. No es cuestión de nostalgia, sino de atención, de valorar lo que tenemos para ofrecer, de ir más allá para ver, más adelante, la calidad de lo que se construyó. Cuando la única moneda de cambio era el servicio, devolver 12 huevos después de recibir 12 huevos era un insulto. Era como poner fin a la relación, marcar un límite. Lo que hacía que cada intercambio fuera tan necesario para que la vida siguiera era la “deuda”: ese pequeño margen extra que daba a entender que todavía quedaba algo por dar, por ofrecer.
Dar antes de recibir, estar dispuesto a dedicar un poco más de tiempo fuera del horario laboral para ayudar a un compañero con una tarea, hacer el esfuerzo creativo de desarrollar una solución que traiga una satisfacción real, compartir lo mejor que uno tiene aunque no se lo exijan: ese es el atajo hacia relaciones más fuertes, más auténticas y más duraderas. Con el tiempo nos damos cuenta de que son esas relaciones las que construyen los cimientos para vuelos futuros. Para una inestabilidad elegida, y no la que se impone por falta de opciones. Todavía nos necesitamos unos a otros en todos los ámbitos de la vida; al fin y al cabo, la vida se trata de las personas que conocemos y de lo que creamos con ellas. Todos estos aspectos son esenciales para trabajar con gusto y ser buenos gestores.
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