Allá por 1995, cuando empecé a interesarme por internet, todo parecía prometedor. La idea de trabajar “con internet” era fascinante, pero al mismo tiempo completamente misteriosa. No había lugares donde aprender a armar un sitio web, aprender un lenguaje de programación o aprender a usar los sistemas. Había sitios y portales que “vendían espacio para banners”. ¿Conoces eso de que hoy todo está en Google? Ni siquiera existía un Google decente que te facilitara la vida. Básicamente, no había herramientas listas para usar. Era una época en la que tenías que ser autodidacta, curioso y ambicioso, ¡quizás audaz!
Este era Google en 1995. Cuando entré en Catho, éramos el “departamento de internet”, donde varios chicos (sí, teníamos 17, 18, como mucho 20 años) compartíamos la misma ambición: descubrir ese terreno todavía inexplorado y encontrar soluciones para problemas que hoy ya no existen. Todos teníamos los mismos intereses y las mismas virtudes; aprendíamos a la fuerza, a base de prueba y error, con nuestros propios algoritmos y nuestros propios procesos. Todos éramos “full stack” en nuestro entorno de trabajo: “los de marketing”, “los de creación”, “los de programación”. Con el paso de los años, las cosas empezaron a aparecer listas en internet: frameworks, software para esto y aquello, plantillas, guías, código listo para usar, entre otros. ¿Y qué pasó? Los profesionales dejaron de crear y pasaron a consumir paquetes listos, software que te lo da todo hecho, soluciones rápidas para procesos complejos, manuales, estándares, recetas listas para cualquier actividad. Sí, es alentador ver que muchas startups nacieron para resolver problemas, que las soluciones a nuestros problemas están a un clic de distancia y nos llegan a las manos simples, rápidas y tercerizadas. Pero me pregunto: ¿dónde están hoy los verdaderos desarrolladores? Esta falta de autosuficiencia, camuflada por software y herramientas, ha reducido mucho nuestra capacidad de acción y nos ha puesto en una actitud pasiva frente a procesos de creación que nos llegan ya listos. Tal como previó Ford, participamos cada vez más en solo una parte del proceso, sin entender el todo ni cómo se llegó hasta ahí. Hay muchos más personalizadores de código, personalizadores de herramientas, personalizadores de frameworks y operadores de dashboards que verdaderos desarrolladores, y cuando digo desarrolladores no me refiero a programadores, sino a todos los profesionales que están ahí para desarrollar alguna actividad. En el área de marketing, por ejemplo, con tantas herramientas, tantas soluciones y tantas recetas listas, terminamos dejando nuestros procesos, datos y resultados almacenados en empresas de terceros, sin que ambas partes (tu empresa y el proveedor) se comuniquen. Para eso se desarrollan tantas otras plataformas que se integran con otras. Parece que, al resolver un problema, terminamos creando muchos otros. He aquí la era de tenerlo todo, pero sin nada integrado. Hoy, en tiempos de crisis, veo que muchas empresas están contratando full stackers, esos profesionales multitarea que tienen en su escritorio más de 20 herramientas para cada función. Volvimos atrás, a cuando un profesional dominaba el todo y no solo una parte. ¡A mí, en lo personal, me encanta trabajar con full stackers! ¿Y si diéramos vuelta todo? ¿Y si repensáramos nuestros entornos de trabajo? ¿Y si usáramos solo papel, lápiz y nuestra capacidad de crear para revisar algunos de esos caminos? Nuestra baraja organizacional lleva mucho tiempo marcada. Hay que cambiar de baraja.
¿Prefieres leer el libro entero?