Desde pequeños nos incentivan a aprender cada vez más, cultivando certezas sobre temas que conocemos, experiencias que vivimos, objetos, hechos, conversaciones. Cada día que pasa nos consideramos más “sabios”, con más opiniones, más aptos para participar en discusiones. Esa misma característica que nos enriquece, en el sentido de poder actuar con conciencia en el mundo, también nos vuelve arrogantes y egocéntricos, siempre intentando demostrar que sabemos más que el otro, que podemos prever situaciones, que logramos entender y resolver los problemas de las personas.
Muchas de las certezas que acumulamos a lo largo de la vida son casi invisibles: están implícitas en nuestros juicios, arraigadas en la forma en que nos criaron, en las tradiciones, en las maneras de actuar. Pero para poder actuar políticamente en el mundo con empatía y más libertad, hay que reconocer la imprevisibilidad de los hechos y abrazar la incertidumbre. No somos protagonistas del mundo Una de las formas más sencillas de percibir este comportamiento es notar cómo reaccionamos cuando un amigo viene a contarnos una historia. La mayoría de las veces, nuestras respuestas son variaciones de: contar un caso parecido que nos pasó a nosotros o a un conocido, decir lo que la persona debería haber hecho o lo que haríamos en su lugar. En todos los casos, nos ponemos como protagonistas de la vida del otro, sin siquiera considerar que el otro es otro: una persona muy distinta a ti, que vivió otra vida, otras experiencias y tiene otras formas de actuar en el mundo. Damos por hecho que nuestras certezas son las mismas que las de quienes nos rodean, y ese es uno de los mayores impulsos de nuestra falta de empatía. Cómo practicar la no certeza Practicar una postura de no saber en las situaciones nos deja más abiertos a escuchar opiniones, considerar nuevas propuestas, participar en discusiones y ser flexibles frente a los cambios. Estas características no solo nos ayudan en las relaciones personales con la familia, los amigos y las parejas, sino también en nuestra rutina laboral. Sobre todo en los cargos de liderazgo, donde las certezas se refuerzan aún más, es importante estar atentos para evaluar si todo lo que imponemos corresponde realmente a lo que el otro considera verdadero y estar abiertos a posibilidades que incorporen la voluntad colectiva. Empezar a practicar esta postura implica no actuar ni responder automáticamente con el primer impulso de nuestra mente, sino detenernos unos segundos para escuchar al otro y reflexionar sobre las situaciones con otros ojos. Tenemos derecho a estar confundidos, a reconocer nuestras lagunas, y tenemos el deber de escuchar y acoger.
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