Sin los ciclos, no podríamos planificar un cultivo según la época de siembra y de cosecha, no sabríamos cuánta comida almacenar según el tiempo que durara, ni podríamos migrar a otros lugares en función del clima.
No es casualidad que nos gusten tanto los ciclos, que les demos tanta importancia y que reunamos fuerzas para cada nuevo comienzo. Más allá de su importancia práctica para la supervivencia, usamos los ciclos como una forma de cuidar nuestra salud mental.
El cambio de estación, el cumpleaños, el año nuevo: todo se convierte en un motivo para reiniciar el juego y empezar de cero, ¡esta vez sí! Y está bien. Peor sería no tener ese impulso extra que nos empuja hacia adelante. Y si un lunes ya sirve para eso, ¡imagínate el 1 de enero!
Poco importa qué rituales elijas para recibir el año: saltar olas, comer lentejas, arrojar flores al mar, lanzar fuegos artificiales, vestirte de blanco, pasar la noche en vela. Lo que de verdad importa es recargar el cuerpo y la mente con esa energía de transición para que los próximos días sean más vivos, más conscientes.
En la imprevisibilidad de la vida, los nuevos comienzos son oportunidades para tomar el control, aunque ese control sea poco real. Y aquí aparece una de las tradiciones más importantes para aprovechar esa energía: repasar lo vivido, aprender de las experiencias anteriores y probar nuevas formas de actuar.
El secreto que no es secreto para nadie está justamente en eso: saber que no basta con quedarse despierto de las 23:59 a las 00:01. Hay que hacer que las cosas sucedan, elegir, crear y dar tus propios pasos, con la conciencia de que son exactamente eso: pasos pequeños, lentos y agotadores, sin ninguna magia para llegar. La clave es el esfuerzo diario.
El mayor peligro de la vida es atravesarla sin reconocer sus etapas, transitorias y renovadoras, y actuar dentro de cada una sin aferrarse a lo que, de todos modos, no será para siempre.
El tiempo puede ser un invento, pero su fuerza transformadora definitivamente no lo es. ¡No dejes que se desperdicie!