¿Cuándo nos volvimos A o B, blanco o negro, rojo o azul? Cuando nos empeñamos en escuchar solo aquello con lo que estamos de acuerdo y dejamos de construir diálogos ricos, vivos y efervescentes que llevan a conclusiones totalmente nuevas.
No faltan algoritmos dispuestos a alimentar nuestro deseo de que nos den la razón todo el tiempo. Si solo nos gustan los perros, solo vemos contenido de perros y solo visitamos páginas sobre perros, todo lo que aparecerá en nuestros feeds serán perros. Y pobre del gatito que se cuele por ahí: enseguida lo sacamos del camino.
Esta búsqueda constante de permanecer en una zona segura de aceptación nos empobrece cuando se trata de lograr resultados más ricos e innovadores. Se nota en el trabajo, en la vida personal, en la política y en la convivencia social. La complejidad de las opiniones y las ideas individuales va mucho más allá de un partido o de un interés personal, y ningún cambio de verdadero impacto surgirá de la uniformidad.
Lo nuevo nace de mezclar tonos y crear con ellos nuevos colores; es lo que se une en un todo más vivo a partir del diálogo. ¿Y por qué hablo de diálogo? Porque dialogar es distinto de discutir o debatir: dialogar es construir una conversación que no se basa en descalificar al otro ni en reducir el tema a un único punto de vista.
Cuando hay diálogo, la conversación gira en torno a la empatía, a comprender en pie de igualdad las bases subjetivas de quien habla, mientras tú también expones cómo ves la situación. ¿Y lo más importante? Se llega a una conclusión.
Una conclusión definida por los resultados de ese diálogo, que puede ponerse a prueba y examinarse con el tiempo: una conclusión nueva, rica y potencialmente transformadora. Queremos cambios profundos, pero no nos permitimos cambiar profundamente a partir del encuentro con la humanidad del otro. ¿No es eso lo que nos está faltando?
